Eduardo Wilde

Motivado por la reiteración de nombres, decidí dar un golpe brusco y mover los ojos hacia otro estante. Encuentro un libro del “prosista fragmentario” Eduardo Wilde. Sí, hablamos de un barbado médico y funcionario roquista que, según leo en la biografía que precede a mi edición de Tini y otros relatos “observó un comportamiento ejemplar” durante la epidemia de fiebre amarilla de 1870 (cierro la oración fisionómica-académico-política- de actualidad notando el paso de 138 años). Omitiremos la cuestión vinculada a la función pública; aseguraremos que tenía barba (veo una foto) y supondremos que lo del “comportamiento ejemplar” tiene algún motivo, sólo por eso de la presunción de inocencia, y por brevedad.

A continuación tan sólo el comienzo de uno de sus “fragmentos”, escogido especialmente por su contenido humorístico dudoso.

Así (ver Nota mía.)

El amor es un tema universal y eterno, y ningún tratado de filosofía ni de moral me prohibe ocuparme de lo universal y de lo eterno.

Graciana tenía las manos ásperas y coloradas; había lavado mucho en su vida, lo que no le impedía tener quince años y un corazón sensible.

Tenía, además, ojos, boca, nariz y frente, como muchas personas de su sexo; pero estas facciones y otras más en ella, se habían tomado la libertad de ser excesivamente bellas.

La oreja, por ejemplo, era inimitable, bien doblada, chica y ligeramente sonrosada. (…) y [completo: tenía] unos dientes tan lindos que cualquiera, al mirarla, deseaba en su fuero interno ver a la niña convertida en perro y ser mordido por ella.

A lo menos, tal fue el primer cumplimiento que le dirigió Baldomero Tapioca, estudiante de medicina, ambulante.

La niña se rió de semejante ocurrencia.

Era italiana.

No necesitaba ser italiana para reírse pero ustedes comprenderán que tampoco eso era un obstáculo.

Baldomero estaba perdidamente enamorado de Graciana (…)

Sólo dos ejemplares poseo en mi archivo, rico en autógrafos históricos, de las cartas cambiadas entre estos célibes, y voy a transcribirlas en beneficio de la humanidad literaria.

Baldomero a Graciana:

Ángel hipertrófico, es decir, magno: la arteria coronaria de mi corazón se cierra apenas mi retina percibe los músculos risorios de tu boca, y mi tórax se siente atacado de angina pectoris. ¡La circulación cardiaca se detiene, y turgencias espasmódicas forman protuberancias en mis órganos! Espérame a las siete post meridianum, en el anfiteatro de nuestros amores. Tuyo, como del hombre el pensamiento,

Firmado: BALDOMERO TAPIOCA

Graciana a Baldomero:

¡My Mahma thi N. do Lorde huellas man! ¿Damée huna me de Zyna perro ke seya güena?

Tulla,

Firmado: G. RASS Y ANA

Hay jóvenes capaces de todo en su aturdimiento, hasta de amar a una muchacha que escribe su nombre como una firma social. En ese caso estaba Baldomero, tal vez porque no buscaba la ortografía en los besos sabrosos, encantadores, frescos y con olor a violetas, de los labios de su ángel hipertrófico… (…)”

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