Ociosos

En estos días estoy con pocas ganas de escribir, pero un poco más de transcribir. Digo esto porque todos los textos que aparecen en esta sección han sido prolijamente tipeados por mi persona, en lo que constituye no sólo una violación de los derechos de autor que me recuerdan las primeras carillas de cada uno de los libros que tomé, sino también un acto inentendible de ofrenda de mi tiempo hacia ustedes.

Adolfo Bioy Casares- Jorge Luis Borges. Los Ociosos en Crónicas de Bustos Domecq

La era atómica, la cortina que cae sobre el colonialismo, la pugna de intereses encontrados, la ponenda comunista, la suba del costo de la vida y la retractación de medios de pago, el llamado a concordia del Papa, el debilitamiento progresivo de nuestro signo monetario, la práctica del trabajo a desgano, la proliferación de supermercados, la extensión de cheques sin fondos, la conqusta del espacio, el despoblamiento del agro y auge correlativo de las Villas Miserias, componen todo un panorama inquietante, que da que pensar. Diagnosticar los males es una cosa; prescribir su terapéutica es otra. Sin aspirar al título de profetas, nos atrevemos, sin embargo, a insinuar que la importación de Ociosos, en el país, con vistas a su fabricación en el mismo, contribuirá no poco a disminuir, a modo de sedante, el nerviosismo hoy tan generalizado. El reino de la máquina es un fenómeno que ya nadie disputa; el Ocioso comporta un paso más de tan ineluctable proceso.

Cuál fue el primer telégrafo, cuál el primer tractor, cuál la primera Singer, son preguntas que ponen en un brete al intelectual; el problema no se plantea respecto a los Ociosos. No hay orbe en un iconoclasta que niegue que el primero de todos obró en Mulhouse y que su indiscutido progenitor fue el ingeniero Walter Eisengardt (1914-1941). Dos personalidades pujaban en ese valioso teutón: el soñador incorregible que entregó a la estampa las dos monografías ponderables, hoy olvidadas, en torno a las figuras de Molinos y del pensador de raza amarilla Lao Tse, y el sólido metódico de realización tenaz y de cerebro práctico que, tras de arquitectar una porción de máquinas netamente industriales, dio a luz, el 3 de junio de 1939, al primer Ocioso de que haya mentes.

Hablamos del modelo que se conserva en el Museo de Mulhouse: apenas, un metro veinticinco de longitud, setenta centímetros de alto y cuarenta de ancho, pero en él casi todos los detalles, desde los recipientes de metal hasta los conductos.

Según es de uso en toda localidad fronteriza, una de las abuelas maternas del inventor era de cepa gala y lo más granado del vecindario la conocía bajo el nombre de GErmaine Baculard. El folleto en el cual nos basamentamos para este trabajo de aliento, intuye que esa elegancia que es el sello de la obra de Eisengardt, tiene fuente de origen en aquel riego de sangre cartesiana. No retaceamos nuestro aplauso a esta amable hipótesis, que por lo demás la prohija Jean- Christophe Baculard, continuador y divulgador del maestro. Eisengardt falleció mediante un accidente de automóvil marca Bugatti; no le fue dado ver los Ociosos que hoy triunfan en usinas y escritorios. ¡Pluga que los contemple desde el cielo, disminuidos por la distancia y, por tal causa, más acordes al prototipo que él mismo rematase!

Vaya ahora un bosquejo del Ocioso, para aquellos lectores que todavía no han tenido el escrúpulo de irlo a examinar a San Justo, en la fábrica de Pistones Ubalde. El monumental artefacto cubre el largor de la terraza que centra el punto de la usina. A ojo de buen cubero nos recuerda un linotipo desmesurado. Es dos veces más alto que el capataz; su peso se computa en varias toneladas de arena: el color es de fiero pintado de negro; el material, de fierro.

Una pasarela en escalinata permite que el visitante lo escrute y toque. Sentirá adentro como un leve latido, y si aplica la oreja, detectará un lejano susurro. En efecto, hay en su interior un sistema de conductos por los cuales corre agua en la oscuridad y uno que otro botón. Nadie pretenderá, sin embargo, que son las cualidades físicas del Ocioso las que redundan en la masa humana que lo rodea; es la conciencia de que en sus entrañas palpita algo silencioso y secreto, algo que juega y duerme.

La meta perseguida por las románticas vigilias de Eisengardt ha sido plenamente lograda; donde quiera que haya un Ocioso, la máquina descansa y el hombre, retemplado, trabaja.

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Una respuesta a Ociosos

  1. Emma dice:

    Juan EL memorioso creo que no esperaba otra cosa de usted, creo sin exagerar este espacio en la internet será visitado varias veces por mi persona, para ver que textos lindos hay para leer (no se si es algo para jactarse o para ponerse triste) .

    Bueno cuidate nene
    Emma

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