Sinceridad

Regreso a mi pila de libros para complementar, de alguna forma -o al menos para ser sincero conmigo mismo- el Diálogo Multidimensional que les ofrecí bajo la cama. Desde ya que para aquel que aún no lo haya recogido (leído), los siguientes fragmentos no resultarán absurdos; pero reconozco que veo por qué pensé en lo que pensé.

Antonin Artaud, El pesa- nervios (fragmento)

Soy imbécil, por supresión del pensamiento, por mal-formación del pensamiento, estoy vacante por estupefacción de mi lengua.

Mal-formación, mal aglomeración de un cierto número de esos corpúsculos vítreos, de los cuales tú haces un uso tan desconsiderado. Un uso que no conoces, al que nunca has asistido.

Todos los términos que elijo para pensar son para mí TÉRMINOS en el sentido propio de la palabra, verdaderas terminaciones, confines de mis (Nota Mia. falta palabra) mentales, de todos los estados a los que he sometido mi pensamiento. Estoy LOCALIZADO verdaderamente por mis términos, y si digo que estoy localizado por mis términos, es porque no los reconozco como válidos en mi pensamiento. Estoy verdaderamente paralizado por mis términos, por una serie de terminaciones. Y por FUERA que esté mi pensamiento en estos momentos, tengo que hacerlo pasar por estos términos, tan contradictorios para él, tan paralelos, tan equívocos como puedan ser, so pena de dejar de pensar en esos momentos.

Si uno pudiese gustar al menos de su nada, si uno pudiese descansar bien en su nada y que esa nada no fuese una cierta especie de ser pero tampoco la muerte completa.

Es tan duro no existir más, no ser más en alguna cosa. El verdadero dolor es sentir su pensamiento trasladarse en uno mismo. Pero el pensamiento como un punto ciertamente no es un sufrimiento.

Estoy en el punto en que la vida ya no me concierne, pero con todos los apetitos y la titilación insistente del ser en mí. Sólo tengo una ocupación, rehacerme.

Me falta una concordancia de las palabras con el minuto de mis estados. “Pero si es normal, pero si a todo el mundo le faltan palabras, usted es demasiado difícil consigo mismo, no parecería al escucharle, usted se expresa perfectamente en francés, pero da usted demasiada importancia a las palabras”.

JL Borges. Parábola del palacio en El Hacedor (1960)

Aquel día, el Emperador Amarillo mostró su palacio al poeta. Fueron dejando atrás, en largo desfile, las primeras terrazas occidentales que, como gradas de un casi inabarcable anfiteatro, declinan hacia un paraíso o jardín cuyos espejos de metal y cuyos intrincados cercos de enebro prefiguraban ya el laberinto. Alegremente se perdieron en él, al principio como si condescendieran a un juego y después no sin inquietud, porque sus rectas avenidas adolecían de una curvatura muy suave pero continua y secretamente eran círculos. Hacia la medianoche, la observación de los planetas y el oportuno sacrificio de una tortuga les permitieron desligarse de esa región que parecía hechizada, pero no del sentimiento de estar perdidos, que los acompañó hasta el fin. Antecámaras y patios y bibliotecas recorrieron después y una sala hexagonal con una clepsidra, y una mañana divisaron desde una torre un hombre de piedra, que luego se les perdió para siempre. Muchos resplandecientes ríos atravesaron en canoas de sándalo, o un solo río muchas veces. Pasaba el séquito imperial y la gente se prosternaba, pero un día arribaron a una isla en que alguno no lo hizo, por no haber visto nunca al Hijo del Cielo, y el verdugo tuvo que decapitarlo. Negras cabelleras y negras danzas y complicadas máscaras de oro vieron con indiferencia sus ojos; lo real se confundía con lo soñado o, mejor dicho, lo real era una de las configuraciones del sueño. Parecía imposible que la tierra fuera otra cosa que jardines, aguas, arquitecturas, y formas de esplendor. Cada cien pasaos una torre cortaba el aire; para los ojos el color era idéntico, pero la primera de todas era amarilla y la última escarlata, tan delicadas eran las gradaciones y tan larga la serie.Al pie de la penúltima torre fue que el poeta (que estaba como ajeno a los espectáculos que eran maravilla de todos) recitó la breve composición que hoy vinculamos indisolublemente a su nombre y que, según repiten los historiadores más elegantes, le deparó la inmortalidad y la muerte. El texto se ha perdido; hay quien entiende que constaba de un verso; otros, de una sola palabra. Lo cierto, lo increíble, es que en el poema estaba entero y minucioso el palacio enorme, con cada ilustre porcelana y cada dibujo en cada porcelana y las penumbras y las luces de los crepúsculos y cada instante desdichado o feliz de las gloriosas dinastías de mortales, de dioses y de dragones que habitaron en él desde el interminable pasado. Todos callaron, pero el Emperador exclamó: “¡Me has arrebatado el palacio!” y la espada de hierro del verdugo segó la vida del poeta.

Otros refieren de otro modo la historia. En el mundo no puede haber dos cosas iguales; bastó (nos dicen) que el poeta pronunciara el poema para que desapareciera el palacio, como abolido y fulminado por la última sílaba. Tales leyendas, claro está, no pasan de ser ficciones literarias. El poeta era esclavo del Emperador y murió como tal; su composición cayó en el olvido porque merecía el olvido y sus descendientes buscan aún, y no encontrarán, la palabra del universo.

Adolfo Bioy Casares, Plan de evasión (1945)

“(…) La vida y el mundo, como visión de un hombre cualquiera: vivimos sobre piedras y barro, entre maderas con hojas verdes, devorando fragmento del universo que nos incluye, entre fogatas, entre fluidos, combinando resonancias, protegiendo lo pasado y lo por venir, dolorosos, térmicos, rituales, soñando que soñamos, untados, oliendo, palpando, entre personas, en un insaciable jardín que nuestra caída abolirá.

Visión de la física: Una opaca, una interminable extensión de protones y de electrones, irradiando en el vacío; o, tal vez (fantasma de universo), el conjunto de irradiaciones de una materia que no existe.

Como en una criptografía, en las diferencias de los movimientos atómicos el hombre interpreta: ahí el sabor de una gota de agua de mar, ahí el viento en las oscuras casuarinas, ahí una aspereza en el metal pulido, ahí la fragancia del trébol en la hecatombe del verano, aquí tu rostro. Si hubiera un cambio en los movimientos de los átomos ese lirio sería, quizá, el golpe de agua que derrumba la represa, o una manada de jirafas, o la gloria del atardecer. Un cambio en el ajuste de mis sentidos haría, quizá, de los cuatro muros de esta celda la sombra del manzano del primer huerto”.

 

(PS. Totalmente descontextuado, desubicado, pregunto a los amigos: ¿las citas me convierten en un bebedor animoso de fluido blanco vacuno?

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