Traído a mi memoria por cierta ocasión de juego durante el confuso (el juego de palabras es pésimo) pasado fin de semana, se me pasó por la cabeza subir algunas transcripciones de Kung-Fu-Tsú (Nombre verdadero: Kung- Tsé; Nombre artístico: Kung-Fu-Tsú (Kung-el-sabio) ; Alias occidental: Confucio) ; pronto desestimé la opción, por considerarla demasiado alejada de mis propósitos y anteriores posts. Además, encontré que ciertos fragmentos que me interesaban, no formaban parte de los “Cuatro Libros Clásicos” (de su autoría), sino que estaban en ciertos Comentarios de untal Tseng-Tsé, en los que se reúnen explicaciones del Maestro de “los cinco grandes textos de la tradición china” (que, según leo en el prólogo de mi edición-no sé cuál es- Confucio “recogió y sistematizó).
De cualquier forma, creo que evito la dedicación exclusiva del post por temer que crean que estoy en una onda Osho más sofisticada. Ojo, no desmerezco a la anterior persona (mi ignorancia me lleva a no poder afirmar más que “que Osho es una persona”), que sé que influye mucho en la vida de fervientes lectores de PaisanodeHurlingham (?!); sólo que no quiero parecer un paracaidista orientalista. (Por otra parte, no pareciera Confucio ser muy místico; como Yoda a Juan similar)
Sólo para completar el relato cronológico de cómo llegué a pensar en aquello que da título al comentario, terminaré esta introducción con una breve cita:
“También se lee en el Libro de las Canciones:
El mien-man, pájaro amarillo de melancólico cantar,
establece su morada en la frondosa profundidad de los bosques.
El Maestro Kung-Tsé comentaba así estos versos:
Este pájaro, estableciendo allí su morada, demuestra que conoce cuál es su propio destino. El hombre, el más inteligente de todos los seres, ¿será más ignorante que este pájaro?”
En fin, mi ignorancia en la materia (al menos en fonética china) es tal que pensando en Kung-tsé (Confieso que no puedo extenderme en ese pensamiento por mucho tiempo, al menos sin que el pensamiento derive en puras hipótesis) me acordé del vuelo de las mariposas y además de Wang-Fô. Hemos llegado finalmente al meollo del post; en el que quiero acercarles algún fragmento del cuento “Acerca de cómo fue salvado Wang-Fô” (Voy a decir lo que sigue porque no recuerdo si alguna vez estuve en condiciones de decirlo, pero la traducción del título es mía; no así la del cuento. Quizás en 2009 lo hago) de Margarite Yourcenar, incluido en el libro Nouvelles Orientales.
La elección del fragmento es medianamente azarosa. Remarco que no arruina la posterior lectura de la obra, y además, que el punto de contacto con la Parábola del Palacio (buscar acá!) es notorio.
Ahí va.
—¿Y tú me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —dijo el
Emperador.
Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha, que
los reflejos del suelo de jade transformaban en glauca como una planta submarina, y Wang-
Fô, maravillado por aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si
alguna vez había hecho del Emperador o de sus ascendientes un retrato tan mediocre que
mereciese la muerte. Mas era poco probable, pues Wang-Fô, hasta aquel momento, apenas
había pisado la corte de los Emperadores, prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o,
en las ciudades, los arrabales de las cortesanas y las tabernas del muelle en las que
disputan los estibadores.
“—¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —prosiguió el Emperador, inclinando su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba—. Voy a decírtelo. Pero como el veneno ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, paraponerte en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colección de tus pinturas en la estancia más escondida de palacio, pues sustentaba la opinión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas de los profanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang-Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mi alrededor para permitirme crecer. Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y viejos servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por las noches, yo los contemplaba cuando no podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. Durante el día, sentado en una alfombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono hueco de la mano surcada por las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo. Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una piedra al caer no puede por menos de convertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes
guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puertas que me
separaban del mundo: subí a la terraza del palacio a mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a luciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me impiden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa
soez de mis soldados me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato,
borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-Fô, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores.”