Paisano de Hurlingham

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Escuchame

26 de Abril, 2008 · 6 Comentarios

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Escuchame, che, a vos te digo. Cambiá la pose y dejá de mirarme así, que yo no te ando mirando a vos. Mejor que vayas buscando el rumbo, porque por acá poco tenés que hacer… ¿Cómo, cómo? ¿Qué decís? ¿Qué te pensás, que porque no tengo oreja no escucho? Dale, tomátelas, andá enfilando para aquel arbolito. Te conviene, no vaya a ser que me vuelvas a encontrar… ahí fuiste, eh.

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Serie Perspectivas

25 de Abril, 2008 · Sin comentarios aún

Sí, con este nombre-título tan de galería, tan de CCR o de Ruth Benzacar, les muestro esta foto, sí, esta foto de un caño que saqué en el verano.

A su vez, observando hacia el ángulo superior derecho de la pantalla, con un poco de perspicacia, encontrarán otro caño, perteneciente a la misma serie.

Con cuidado, no piensen que voy a empezar a revelar verdades de este tipo, ni a confesar más  sobre las partes constitutivas del  sitio. No piensen que podrán adivinar el origen de la foto de la izquierda, que, desde ya, pertenece a una Serie Perspectivas, pero no de caños. No puedo precisar más – aclaro, la negativa forma parte de un recurso retórico mayor.

Por último, prefiero que eviten los comentarios que vinculen a los caños con el amigo Blacksmoke o Capusotto

caño-perspectiva

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Los pasos perdidos

24 de Abril, 2008 · Sin comentarios aún

Ahora que termino de transcribirlo, me parece que necesitaba leer algo así. Independientemente del comentario egoísta, lo que sigue es un fragmento de Los Pasos Perdidos, ya cincuentenaria novela de Alejo Carpentier.  Aprovecho para preguntar si alguien sabe de alguna edición de El arpa y la sombra, o de El siglo de las luces, que sólo encuentro en las obras completas (por el momento inaccesibles).

(Me veo obligado a cerrar con un comentario del mismo carácter que el del comienzo) A  veces me parece que las novelas de Carpentier podrían estar escritas en verso.

“Silencio es palabra de mi vocabulario. Habiendo trabajado la música, la he usado más que los hombres de otros oficios. Sé cómo puede especularse con el silencio; cómo se le mide y encuandra. Pero ahora, sentado en esta piedra, vivo el silencio, un silencio venido de tan lejos, espeso de tantos silencios, que en él cobraría la palabra un fragor de creación. Si yo dijera algo, si yo hablara a solas, como a menudo hago, me asustaría a mí mismo. Los marineros han quedado abajo, en la orilla, cortando pasto para los toros sementales que viajan con nosotros. Sus voces no me alcanzan. Sin pensar en ellos contemplo esta llanura inmensa, cuyos límites se disuelven en un leve oscurecimiento circular del cielo. Desde mi punto de vista de guijarro, de grama, abarco, en su casi totalidad, una circunferencia que es parte cabal, entera, del planeta en que vivo. No tengo ya que alzar los ojos para hallar una nube: aquellos cirros inmóviles, que parecen detenidos allá desde siempre, están a la altura de la mano que da sombra a mis párpados. De lejanía en lejanía se yergue un árbol copudo y solitario, siempre acompañanado de un cacto, que es como un largo candelabro de piedra verde, sobre el cual descansan los gavilanes, impasibles, pesados, como pájaros de heráldica. Nada hace ruido, nada topa con nada, nada rueda ni vibra. Cuando una mosca da con el vuelo en una telaraña, el zumbido de su horror adquiere el valor de un estruendo. Luego vuelve a estar el aure en calma, de confín a confín, sin un sonido. Llevo más de una hora aquí, sin moverme, sabiendo cuán inútil es andar donde siempre se estará al centro de lo contemplado. Muy lejos asoma un venado entre las junqueras de un ojo de agua. Y se detiene, noblemente erguida la cabeza, tan inmócil sobre la planicie que su figura tiene algo de monumento y algo, también, de emblema totémico. Es como un antepasado mítico de hombres por nacer; como el fundador de un clan que hará de su cornamenta clavada en un palo, blasón, himno y bandera. Al sentirme en la brisa se aleja a pasos medidos, sin prisa, dejándome solo en el mundo. Me vuelvo hacia el río. Su caudal es tan vasto que los raudales, torbellinos, resabios, que agitan su perenne descenso se funden en la unidad de un pulso que late de estíos a lluvias, con los mismos descansos y paroxismos, desde antes de que el hombre fuese inventado. Embarcamos hoy, al alba, y he pasado largas horas mirando a las riberas, sin apartar mucho la vista de la relación de Fray Servando de Castillejos, que trajo sus sandalias aquí hace tres siglos. La añeja prosa sigue válida. Donde el autor señalaba una piedra con perfil de saurio, erguida en la orilla derecha, he visto la piedra con perfil de saurio, erguida en la orilla derecha…”

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¿Whisky o mate?

2 de Abril, 2008 · Sin comentarios aún

El título del post, desde ya, es innecesariamente polémico (Mmm); pero carente de ideas ( La lectura es, por así decirlo, interior. La descripción externa sería: “de cosas a su alrededor”)  decidí juntar a Pedro Bonifacio Palacios y a Monsieur Arthur Rimbaud. (Les comento, a los que siguen el “diario de mudanza”: luz en ambas plantas; mudanza de heladera: antes de fin de semana (previa pintura); estado final :  inminente. Mientras tanto, mi actual casa está cada vez más desolada.)

No me atrevo a comparar obras; por ahora digamos que ambos nacieron en 1854 (?!); mientras que el primero era casi un baquiano -de San Justo-, el segundo creo que ni siquiera tuvo tiempo de imaginarse Hurlingham. El dato de color a agregar es que Arturo mantuvo relaciones amorosas con Pablito (Paul) Verlaine. No imagino qué hubiera sido del metal argentino, si hubiera coincidencia con Palacios en este punto. Quizás la banda de Iorio sería “Miguel Cané” o “La Juan Manuel” (Hago propuestas disímiles, cuando termine de leer la “Introducción a Iorio I”, fundamentaré a favor de una u otra).

Es tarea vuestra reconocerlas:

Mi Alma (Paralela)

Bajo la curva de la noche, fúnebre,

 sobre la arena del desierto, cálida,

se conturba la mente del proscripto,

su pie desnudo, vacilante, marcha;

 y allá en la curva fúnebre del cielo

 la estrella solitaria;

y allá, sobre las cálidas arenas,

¡el oasis y el agua!

Bajo la curva del dolor, fatídica,

sobre el desierto de mi vida, trágica,

 mi acongojada mente se conturba,

mi vacilante pie se despedaza;

y allá, en la curva del dolor, siniestra,

la luz de la esperanza;

y allá sobre el desierto de mi vida,

¡la resonante multitud de mi alma!.

SOL Y CARNE

¡Si volviera el tiempo, el tiempo que fue!

Porque el hombre ha terminado, el hombre

 representó ya todos sus papeles.

 En el gran día, fatigado de romper los ídolos,

resucitará, libre de todos sus dioses,

 y, como es del cielo, escrutará los cielos.

 El ideal, el pensamiento invencible, eterno,

 todo el dios que vive bajo su arcilla carnal

se alzará, se alzará, arderá bajo su frente.

 Y cuando le veas sondear el inmenso horizonte,

 vencedor de los viejos yugos, libre de todo miedo,

 te acercarás a darle la santa redención.

 Espléndida, radiante, del seno de los mares,

 tú surgirás, derramando sobre el Universo

 con sonrisa infinita el amor infinito,

 el mundo vibrará como una inmensa lira

 bajo el estremecimiento de un beso inmenso…

El mundo tiene sed de amor: tú la apaciguarás,

 ¡oh esplendor de la carne! , ¡oh esplendor ideal

 ¡Oh renuevo de amor, triunfal aurora

 en la que doblegando a sus pies los dioses y los héroes,

 la blanca Calpigia y el pequeño Eros cubiertos con

 nieve de las rosas

las mujeres y las flores su bellos pies cerrados!

Versión de L.S.

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Wang- Fô

29 de Marzo, 2008 · Sin comentarios aún

Traído a mi memoria por cierta ocasión de juego durante el confuso (el juego de palabras es pésimo) pasado fin de semana, se me pasó por la cabeza subir algunas transcripciones de Kung-Fu-Tsú (Nombre verdadero: Kung- Tsé; Nombre artístico: Kung-Fu-Tsú (Kung-el-sabio) ; Alias occidental: Confucio) ; pronto desestimé la opción, por considerarla demasiado alejada de mis propósitos y anteriores posts. Además, encontré que ciertos fragmentos que me interesaban, no formaban parte de los “Cuatro Libros Clásicos” (de su autoría), sino que estaban en ciertos Comentarios de untal Tseng-Tsé, en los que se reúnen explicaciones del Maestro de “los cinco grandes textos de la tradición china” (que, según leo en el prólogo de mi edición-no sé cuál es- Confucio “recogió y sistematizó).

De cualquier forma, creo que evito la dedicación exclusiva del post por temer que crean que estoy en una onda Osho más sofisticada. Ojo, no desmerezco a la anterior persona (mi ignorancia me lleva a no poder afirmar más que “que Osho es una persona”), que sé que influye mucho en la vida de fervientes lectores de PaisanodeHurlingham (?!); sólo que no quiero parecer un paracaidista orientalista. (Por otra parte, no pareciera Confucio ser muy místico; como Yoda a Juan similar)

Sólo para completar el relato cronológico de cómo llegué a pensar en aquello que da título al comentario, terminaré esta introducción con una breve cita:

“También se lee en el Libro de las Canciones:

El mien-man, pájaro amarillo de melancólico cantar,

establece su morada en la frondosa profundidad de los bosques.

El Maestro Kung-Tsé comentaba así estos versos:

Este pájaro, estableciendo allí su morada, demuestra que conoce cuál es su propio destino. El hombre, el más inteligente de todos los seres, ¿será más ignorante que este pájaro?”

En fin, mi ignorancia en la materia (al menos en fonética china)  es tal que pensando en Kung-tsé (Confieso que no puedo extenderme en ese pensamiento por mucho tiempo, al menos sin que el pensamiento derive en puras hipótesis)  me acordé del vuelo de las mariposas y además de Wang-Fô. Hemos llegado finalmente al meollo del post; en el que quiero acercarles algún fragmento del cuento “Acerca de cómo fue salvado Wang-Fô” (Voy a decir lo que sigue porque no recuerdo si alguna vez estuve en condiciones de decirlo, pero la traducción del título es mía; no así la del cuento. Quizás en 2009 lo hago) de Margarite Yourcenar, incluido en el libro Nouvelles Orientales.

La elección del fragmento es medianamente azarosa. Remarco que no arruina la posterior lectura de la obra, y además, que el punto de contacto con la Parábola del Palacio (buscar acá!) es notorio.

Ahí va.

—¿Y tú me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —dijo el
Emperador.

Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha, que
los reflejos del suelo de jade transformaban en glauca como una planta submarina, y Wang-
Fô, maravillado por aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si
alguna vez había hecho del Emperador o de sus ascendientes un retrato tan mediocre que
mereciese la muerte. Mas era poco probable, pues Wang-Fô, hasta aquel momento, apenas
había pisado la corte de los Emperadores, prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o,
en las ciudades, los arrabales de las cortesanas y las tabernas del muelle en las que
disputan los estibadores.

“—¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —prosiguió el Emperador, inclinando su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba—. Voy a decírtelo. Pero como el veneno ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, paraponerte en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colección de tus pinturas en la estancia más escondida de palacio, pues sustentaba la opinión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas de los profanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang-Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mi alrededor para permitirme crecer. Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y viejos servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por las noches, yo los contemplaba cuando no podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. Durante el día, sentado en una alfombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono hueco de la mano surcada por las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo. Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una piedra al caer no puede por menos de convertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes
guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puertas que me
separaban del mundo: subí a la terraza del palacio a mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a luciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me impiden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa
soez de mis soldados me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato,
borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los  reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-Fô, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores.”

 

 

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Eduardo Wilde

10 de Marzo, 2008 · Sin comentarios aún

Motivado por la reiteración de nombres, decidí dar un golpe brusco y mover los ojos hacia otro estante. Encuentro un libro del “prosista fragmentario” Eduardo Wilde. Sí, hablamos de un barbado médico y funcionario roquista que, según leo en la biografía que precede a mi edición de Tini y otros relatos “observó un comportamiento ejemplar” durante la epidemia de fiebre amarilla de 1870 (cierro la oración fisionómica-académico-política- de actualidad notando el paso de 138 años). Omitiremos la cuestión vinculada a la función pública; aseguraremos que tenía barba (veo una foto) y supondremos que lo del “comportamiento ejemplar” tiene algún motivo, sólo por eso de la presunción de inocencia, y por brevedad.

A continuación tan sólo el comienzo de uno de sus “fragmentos”, escogido especialmente por su contenido humorístico dudoso.

Así (ver Nota mía.)

El amor es un tema universal y eterno, y ningún tratado de filosofía ni de moral me prohibe ocuparme de lo universal y de lo eterno.

Graciana tenía las manos ásperas y coloradas; había lavado mucho en su vida, lo que no le impedía tener quince años y un corazón sensible.

Tenía, además, ojos, boca, nariz y frente, como muchas personas de su sexo; pero estas facciones y otras más en ella, se habían tomado la libertad de ser excesivamente bellas.

La oreja, por ejemplo, era inimitable, bien doblada, chica y ligeramente sonrosada. (…) y [completo: tenía] unos dientes tan lindos que cualquiera, al mirarla, deseaba en su fuero interno ver a la niña convertida en perro y ser mordido por ella.

A lo menos, tal fue el primer cumplimiento que le dirigió Baldomero Tapioca, estudiante de medicina, ambulante.

La niña se rió de semejante ocurrencia.

Era italiana.

No necesitaba ser italiana para reírse pero ustedes comprenderán que tampoco eso era un obstáculo.

Baldomero estaba perdidamente enamorado de Graciana (…)

Sólo dos ejemplares poseo en mi archivo, rico en autógrafos históricos, de las cartas cambiadas entre estos célibes, y voy a transcribirlas en beneficio de la humanidad literaria.

Baldomero a Graciana:

Ángel hipertrófico, es decir, magno: la arteria coronaria de mi corazón se cierra apenas mi retina percibe los músculos risorios de tu boca, y mi tórax se siente atacado de angina pectoris. ¡La circulación cardiaca se detiene, y turgencias espasmódicas forman protuberancias en mis órganos! Espérame a las siete post meridianum, en el anfiteatro de nuestros amores. Tuyo, como del hombre el pensamiento,

Firmado: BALDOMERO TAPIOCA

Graciana a Baldomero:

¡My Mahma thi N. do Lorde huellas man! ¿Damée huna me de Zyna perro ke seya güena?

Tulla,

Firmado: G. RASS Y ANA

Hay jóvenes capaces de todo en su aturdimiento, hasta de amar a una muchacha que escribe su nombre como una firma social. En ese caso estaba Baldomero, tal vez porque no buscaba la ortografía en los besos sabrosos, encantadores, frescos y con olor a violetas, de los labios de su ángel hipertrófico… (…)”

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Se necesita con urgencia…

5 de Marzo, 2008 · 1 Comentario

Alguien que me aclare esta

Encontré, de mi puño, en un papel

“ So(una

ho

ja

que

se

ca

e)oledad ”

El papel pasó accidentalmente (estaba solo, no hay testigos) a una pila de hojas; recuperarlo puede llevarme el mismo tiempo que tardé hasta encontrarme nuevamente (de cuatro a cinco años). Tengo motivos para pensar que alguno de ustedes conoce al menos al autor de las líneas (Me detuve pensando por qué sugiero “al menos”. Cómo llegaron hasta mí o nosotros es lo otro que me interesaría saber)

Nota. No recuerdo si la separación era en sílabas era tal como la transcribí; el número de líneas era aproximadamente siete.

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Erdosain

5 de Marzo, 2008 · 1 Comentario

Retorno tras unas semanas a la mesa de luz. Mientras tanto, noto cómo en tan pocos contactos he reiterado autores; tengo el impulso de aclarar que desconozco si hay más motivos que la atracción que generan sus nombres cuando miro hacia la biblioteca. Quizás es a quienes más recuerdo; intentaré clarificar las ideas y en el futuro sacar alguna conclusión más enriquecedora. Hasta entonces descripciones de entorno ocuparán estos más que innecesarios “prólogos”.

Pensando en Arlt, y en la dedicatoria de El Jorobadito, recordé a Los Siete Locos (1929

                                                        

“Se pasaba el día en la cama con los puños apoyados en la almohada y la frente aplastada sobre estos. Otras veces permanecía horas con los ojos clavados en la pared, por la que le parecía trepaba una delgada neblina de sueño y de desesperación.

Durante aquel período no pudo nunca reconstruir el semblante de Elsa.

-Se había alejado tan misteriosamente de mi espíritu, que me costaba un gran esfuerzo recordar los rasgos de su fisonomía.

Luego dormía o cavilaba.3 Trató, aunque inútilmente, de preocuparse de dos proyectos que consideraba importantes: el cambio electromagnético para máquinas de vapor, y el de una tintorería de perros, que lanzaría al mercado canes de pelambre teñida de azul eléctrico, bulldogs verdes, lebreles violeta, foxterriers lilas, falderos con fotografías de crepúsculos a tres tintas en el lomo, perritas con arabescos como tapices persas. Estaba intranquilo; una tarde se durmió y tuvo este sueño:

Sabía que era novio de una de las infantas. Este suceso acompañado del hecho de ser lacayo de su majestad, Alfonso XIII, le regocijaba inmensamente, pues los generales le rodeaban haciéndole intencionadas preguntas. Un espejo de agua mordía los troncos de los árboles siempre florecidos en blanco mayor, mientras que la infanta, una niña alta, tomándole del brazo, le decía ceceando:

-¿Me amáis, Erdosain?

Erdosain, echándose a reír, le contestó con grosería a la infanta: un círculo de espadas brilló ante sus ojos y sintió que se hundía, cataclismos sucesivos desgajaron los continentes, pero él hacía muchos siglos que dormía en un cuartujo de plomo en el fondo del mar. Tras del vidriado ventanuco iban y venían tiburones tuertos, furiosos porque sufrían de almorranas, y Erdosain se regocijó silenciosamente, riéndose con risitas de hombre que no quiere ser oído. Ahora los peces del mar estaban tuertos, y él era Emperador de la Ciudad de los Peces Tuertos. Una muralla eterna circundaba el desierto a la orilla del mar, el cielo verde se oxidaba en los ladrillos del muro…

Nota del Comentador: Refiriéndose a estos tiempos, Erdosain me decía: “Yo creía que el alma me había sido dada para gozar de las bellezas del mundo, la luz de la luna sobre la anaranjada cresta de una nube, y la gota de rocío temblando encima de una rosa. Mas, cuando fui pequeño, creía siempre que la vida reservaba para mí un acontecimiento sublime y hermoso. Pero a medida que examinaba la vida de los otros hombres, describí que vivían aburridos, como si habitaran en un país siempre lluvioso, donde los ratos de la lluvia les dejaran en el fondo de las pupilas tabiques de agua que les deformaban la visión de las cosas. Y comprendí que las almas se movían en la tierra como los peces prisioneros en un acuario. Al otro lado de los verdinosos muros de vidrio estaba la hermosa vida cantante y altísima, donde todo sería distinto, fuerte y múltiple, y donde los seres nuevos de una creación más perfecta, con sus bellos cuerpos saltarían en una atmósfera elástica. Entonces me decía: Es inútil, tengo que escaparme de la tierra“

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Arístides Garibaldi

19 de Febrero, 2008 · Sin comentarios aún

Creo que aún no había ningún fragmento de este género sobre la mesa de luz (Cuidado, no piensen que guardo las cosas ahí, van circulando). En este caso, momento clave-pero-no-tanto de El centroforward murió al amanecer (1955) , obra del porteño Agustín Cuzzani.

Breve y disponible en librerías (próximamente tramito sponsors)

Acreedor(cauteloso).- ¿Arístides Garibaldi, el centroforward del Nahuel Athletic Club?

Garibaldi (Un poco sorprendido).- Sí, señor, Sí…

Acreedor (a los oficiales).- Parece que es él, pero es indispensable que me asegure. (a Garibaldi). Perdone, pero … ¿Arístides Garibaldi, el del equipo de primera división?

Garibaldi (Otra vez divertido).- ¡Mire aquí! (muestra su pie derecho).

Acreedor.- No comprendo.

Garibaldi.-¡Este es mi pie derecho!

Acreedor.- No pretenderá que se lo estreche. Yo quería cerciorarme de si usted es…

Garibaldi.- Y bueno. Este es el pie que hace los goles. Usted puede comprobar…

Acreedor.- Basta señor. Si usted es la persona que buscamos, los señores Oficiales de Justicia tienen una misión que cumplir.

Dominga.- ¿Oficiales de Justicia? ¿qué es esto, Cacho?

Garibaldi.-No me explico. ¿ Qúé tienen que hacer aquí los oficiales esos?

Acreedor (al Oficial I).- Proceda nomás.

Oficial I (adelantándose).- ¡Señor Garibaldi! Procedo a notificar a usted una providencia recaída en el juicio seguido por “La Confianza S.A” contra Nahuel Athletic Club, sobre cobro ejecutivo de pesos. Dice así: el oficial de Justicia de la Zona que corresponda, se constituirá en el domicilio del señor don Arístides Garibaldi, jugador profesional de Primera División del Nahuel Athletic Club, y procederá a trbar embargo sobre su persona, con las formalidades de la Ley y los recaudos de estilo.Notificará asimismo al embargado que, si dentro de cuarenta y ocho horas el demandado Nahuel Athletic Club no realiza el pago del capital reclamado con más intereses y costas, el jugador Arístides Garibaldi será vendido y rematado en pública subasta al mejor postor. Dado, sellado y firmado en la sala de público despacho del juzgado, en el lugar y fecha consignado ut supra.

Garibaldi.- ¿Qué quiere decir todo esto?

Acreedor.- Una simple precaución, nada más. No puedo ponerme de acuerdo con el Presidente de su Club, sobre la forma de pago de mi crédito y tomo esta medida para asegurarme. Una simple precaución, nada más.

Garibaldi.- No entiendo qué clase de precaución es esa. ¿Usted me embarga a mí?

Acreedor.- Claro.

Garibaldi.-Es decir, no embarga mi sueldo, ni mis muebles, ni mi ropa. ¡Me embarga a mí!

Acreedor.- ¡Exactamente!

Garibaldi.- ¡Eso no puede ser! Ustedes no pueden sacarme a remate como si yo fuera una valija de fibra o un ropero usado. ¡Yo soy un ser humano!

Acreedor.- Nadie se lo niega. Pero a mí me deben mucha plata y usted vale más de un millón de pesos. Hay ofertas muy serias. Yo le dí la oportunidad a su Club de venderlo en privado. No quisieron… (se encoje de hombros).

Garibaldi.- ¡Yo no quiero que me vendan!¡Los muchachos tampoco!

Acreedor.- ¡Bah! Sentimentalismos. Ustedes se lo buscaron.

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Ociosos

8 de Febrero, 2008 · 1 Comentario

En estos días estoy con pocas ganas de escribir, pero un poco más de transcribir. Digo esto porque todos los textos que aparecen en esta sección han sido prolijamente tipeados por mi persona, en lo que constituye no sólo una violación de los derechos de autor que me recuerdan las primeras carillas de cada uno de los libros que tomé, sino también un acto inentendible de ofrenda de mi tiempo hacia ustedes.

Adolfo Bioy Casares- Jorge Luis Borges. Los Ociosos en Crónicas de Bustos Domecq

La era atómica, la cortina que cae sobre el colonialismo, la pugna de intereses encontrados, la ponenda comunista, la suba del costo de la vida y la retractación de medios de pago, el llamado a concordia del Papa, el debilitamiento progresivo de nuestro signo monetario, la práctica del trabajo a desgano, la proliferación de supermercados, la extensión de cheques sin fondos, la conqusta del espacio, el despoblamiento del agro y auge correlativo de las Villas Miserias, componen todo un panorama inquietante, que da que pensar. Diagnosticar los males es una cosa; prescribir su terapéutica es otra. Sin aspirar al título de profetas, nos atrevemos, sin embargo, a insinuar que la importación de Ociosos, en el país, con vistas a su fabricación en el mismo, contribuirá no poco a disminuir, a modo de sedante, el nerviosismo hoy tan generalizado. El reino de la máquina es un fenómeno que ya nadie disputa; el Ocioso comporta un paso más de tan ineluctable proceso.

Cuál fue el primer telégrafo, cuál el primer tractor, cuál la primera Singer, son preguntas que ponen en un brete al intelectual; el problema no se plantea respecto a los Ociosos. No hay orbe en un iconoclasta que niegue que el primero de todos obró en Mulhouse y que su indiscutido progenitor fue el ingeniero Walter Eisengardt (1914-1941). Dos personalidades pujaban en ese valioso teutón: el soñador incorregible que entregó a la estampa las dos monografías ponderables, hoy olvidadas, en torno a las figuras de Molinos y del pensador de raza amarilla Lao Tse, y el sólido metódico de realización tenaz y de cerebro práctico que, tras de arquitectar una porción de máquinas netamente industriales, dio a luz, el 3 de junio de 1939, al primer Ocioso de que haya mentes.

Hablamos del modelo que se conserva en el Museo de Mulhouse: apenas, un metro veinticinco de longitud, setenta centímetros de alto y cuarenta de ancho, pero en él casi todos los detalles, desde los recipientes de metal hasta los conductos.

Según es de uso en toda localidad fronteriza, una de las abuelas maternas del inventor era de cepa gala y lo más granado del vecindario la conocía bajo el nombre de GErmaine Baculard. El folleto en el cual nos basamentamos para este trabajo de aliento, intuye que esa elegancia que es el sello de la obra de Eisengardt, tiene fuente de origen en aquel riego de sangre cartesiana. No retaceamos nuestro aplauso a esta amable hipótesis, que por lo demás la prohija Jean- Christophe Baculard, continuador y divulgador del maestro. Eisengardt falleció mediante un accidente de automóvil marca Bugatti; no le fue dado ver los Ociosos que hoy triunfan en usinas y escritorios. ¡Pluga que los contemple desde el cielo, disminuidos por la distancia y, por tal causa, más acordes al prototipo que él mismo rematase!

Vaya ahora un bosquejo del Ocioso, para aquellos lectores que todavía no han tenido el escrúpulo de irlo a examinar a San Justo, en la fábrica de Pistones Ubalde. El monumental artefacto cubre el largor de la terraza que centra el punto de la usina. A ojo de buen cubero nos recuerda un linotipo desmesurado. Es dos veces más alto que el capataz; su peso se computa en varias toneladas de arena: el color es de fiero pintado de negro; el material, de fierro.

Una pasarela en escalinata permite que el visitante lo escrute y toque. Sentirá adentro como un leve latido, y si aplica la oreja, detectará un lejano susurro. En efecto, hay en su interior un sistema de conductos por los cuales corre agua en la oscuridad y uno que otro botón. Nadie pretenderá, sin embargo, que son las cualidades físicas del Ocioso las que redundan en la masa humana que lo rodea; es la conciencia de que en sus entrañas palpita algo silencioso y secreto, algo que juega y duerme.

La meta perseguida por las románticas vigilias de Eisengardt ha sido plenamente lograda; donde quiera que haya un Ocioso, la máquina descansa y el hombre, retemplado, trabaja.

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