Cebame un par de mates, Catalina

Mientras me relamo los labios, así, por afuera, y siento esta saliva un poco pastosa que me sorprende, ahora, a las 19.49 de esta tarde de martes, previo a un feriado, a un año de la mítica tormenta de nieve que nos dejó tapados con un metro de blanco por más de un mes (y a mí más que a cualquiera, porque chez moi estuvo feo en serio: cómo no recordar todo ese mes, acá o allá -porque todavía no me había mudado-, tapado por la nieve, sin comida, sólo, sin escuchar a nadie), siento con los pies el piso, que está bastante frío, y me topo con la pila de libros que todavía se niega a levantarse del piso. De repente, mientras me acercaba un poco enojado a ella, como para reprocharle algo, saltó a mis manos este libro, el de la Historia de la Eternidad, y así, de súbito, apareció frente a mí el índice que él nos ofreciera tan amablemente (como el título del post preanuncia), de las metáforas que se deben emplear, según le fue dicho a  Hler en su visita a los dioses en la fortaleza de Asgard. Desde ya,  cualquier colega de este Paisano de Hurlingham sabrá que estamos hablando de las kenningar, aquella poesía que la tierra de Björk nos supo entregar, allá por el año 1000 (Claro está, junto con el canto de ballenas en cuerpo de mujer).

Este tiene sus orígenes en Hurlingham, lo acabo de terminar.

 

 

La fuerza del arco y el cisne sangriento se encontraron

Con el castillo del cuerpo como objetivo.

El rocío del trigo de los lobos les iluminó la noche.

Luego oyeron al hermano del fuego.

 

 

Para mayor facilidad de comprensión, aclaro lo metafórico.

 

 

El brazo y el buitre se encontraron

Con la cabeza como objetivo.

La sangre del muerto les iluminó la noche:

luego, oyeron el viento.

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Y al final nos pusimos un tanto audiovisuales

La Mesa de Luz de PaisanodeHurlingham se ha agrandado tanto, tanto, que ahora hizo un lugar en sus estanterías (Algún día voy a dibujarla) para permitir la llegada de un intruso audiovisual. No sé si se convertirá en costumbre, ni siquiera sé si eso me importa. En fin -o quizás debí escribir “fin”, refiriéndome al párrafo.

Es un tanto extraño -o al menos puede ponerse en duda la precisión del adjetivo que emplearé (premedito)-, y si bien estaba enfocado hacia otros lares en estos días y más aún en estas horas (que pueden llegar a tener cierta particularidad, o ninguna), en las que tuve la suerte (lo digo en un sentido fatalista) de reencontrarme con Maceo Parker, que me haya resultado tranquilizador escucharlo.

Me he esforzado por lograr una oración espeluznante, y me siento un poco realizado. La culpa de todo, debo confesarlo, recae sobre la premeditación, pues desde el momento en que me puse a pensar en ese adjetivo, hice todo lo posible para que no llegara nunca el momento de escribirlo, y lo pospuse tanto, tanto, que el omnisciente lector lo encuentra al final del párrafo segundo, y lo digo así, primero el sustantivo y después el adjetivo, “párrafo segundo”, y completo “adjetivo: el último”, para que tampoco me traten de redundante.

Trato de descontracturarme (si hubiera alguien más cerca mío en este instante, además de mi perro, sabría que es literal).

Aquí está. Presten sus oídos.

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Para finalizar, señalo dos cosas pertenecientes a distintos planos: primero, que mi perro ya no está al lado mío, segundo, que el bajista actualmente ha duplicado su tamaño (en cuanto a su peso. El público me sugiere que lo aclare)

 

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